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lunes, 25 de septiembre de 2006

El Metro literario de las antologías: "entren que caben cien"


"Entren que caben cien, 50 parao (sic), 50 de de pie.
Oye, Ruperto, que paren la puerta.
Oye, que caben, que caben bien"
(Héctor Lavoe. "El Timbalero", LP EL JUICIO, 1972)

Hace nada me preguntaron en un programa de televisión qué autores venezolanos leía yo. Respondí de inmediato: el Massiani de “Piedra de mar”; la narrativa risueña de Renato Rodríguez; los versos encendidos de Valera Mora y los escritores “antologizados” por los sucesivos premios Sacven, “De la urbe para el orbe” y los inéditos de Monte Avila.

Las antologías son el “modus publicandi” actual. Nos “antologizan” o se pudren nuestros textos en las gavetas devenidas en ataúdes literarios, nichos cibernéticos de nuestros discos duros.

Antologizarnos, sí, o metamorfosearnos en el insensato de Salinger con su síndrome nefasto de escribir para no publicar. Exhibicionismo masturbatorio ante el espejo del claustro, si fuese cierto el chisme legendario de su vanagloria en rehusarse a ser editado.

¿Las antologías son libros promiscuos? ¡Benditas orgías, pues, a las que me suscribo, donde compartir páginas con mis vecinos! Vitrinas adosadas en el pecaminoso barrio rosado, rojo, fucsia de la literatura.

Las antologías son un evento generoso de encuentro y biodiversidad. A veces, también, espacio de coincidencias. En todo caso, portal portátil, museo colectivo, multiplex de textos.

Las antologías son el Metro (pero recién inaugurado en 1983, cuando todo funcionaba). Los pasajeros nos reconocemos e intercambiamos saludos, lecturas, epígrafes encriptados.

Aquí está la antología de Alfadil cuya portada exhibo; ahí viene la quinta edición del premio nacional de cuentos Sacven, prometida para octubre. Ahora le toca el turno a Monte Avila, editorial estatal que perfectamente pudiese asumir una antología anual de narrativa y otra de poesía, simultáneamente a su plausible iniciativa de Autores Inéditos donde hemos coincidido varios antologizados por Alfadil junto a ganadores y finalistas del Sacven.

Sacven podría encarar su premio narrativo con frecuencia anual y lo mismo vale para Alfadil. Ediciones “de bolsillo”, pequeños tirajes, distribución nacional y extrafronteras. Promoción, promoción, promoción, promoción, promoción, promoción, promoción,
promoción, promoción, promoción, promoción, promoción. O sea, ¿ves? entre otras cosas, que nos pongan en el mesón de novedades y nos exhiban en la vitrina.

Entre los antologizados, familiares y amigos agotaríamos una buena ración de la edición, amén de los posts laudatorios y exegéticos en nuestros blogs respectivos.

Ah, bravo por las ventas itinerantes de Monte Avila en las estaciones del Metro que nos aproximan al lector, pasajero tipográfico de nuestras ficciones.

(Gracias a Lil Rodríguez, auténtica enciclopedia bípeda de la música popular, por el despeje de mi duda melódica referente al epígrafe de este post)

4 comentarios:

ROBERTO ECHETO dijo...

Javier, no sé qué decirte. Yo creo que el tema de las publicaciones tiene muchas aristas.

Una de ellas tiene que ver con quitarnos de la cabeza eso de que "por el sólo hecho de escribir, merecemos que nos publiquen". Yo sé que ese no es tu caso, pero igual hay que decirlo. Que te publiquen o no depende de muchas cosas. Una de ellas es que garantices unas ventas mínimas que le devuelvan al editor el dinero que invirtió en tu libro... Porque de eso trata el mundo del libro: de un negocio.

Los editores supondrán que invertir en tus libros vale la pena por un problema de confianza; porque tus "acciones en la bolsa literaria" valen más o menos, dependiendo de cuánto te preocupes tú porque esas acciones valgan bastante. ¿Que cómo haces para que tus acciones valgan bastante? Pues escribiendo mucho y bien y armando cuanto peo (artístico, literario, político, farandulero, etc.) puedas armar... Las antologías forman parte de ese mundo que puede subirte las acciones o no, dependiendo de la antología y de cómo la muevas.

A la par del "autobús antológico" que mencionas, existe una vaina que para mí es una auténtica perversión del oficio literario; me refiero a los concursos. Tú te ganas un premio gordo y parece como si el mismísimo San Juan Bautista te hubiera ungido luego de bautizarte en el Jordán.

Los concursos son de pinga y forman parte del conjunto de cosas que pueden subir tus acciones. Sin embargo, en esta época miserable, la gente supone que eres un buen escritor sólo porque te ganaste un premio y eso no es así. Tú eres bueno (o malo) porque eres bueno (o malo) y ya. A mí nadie me va a convencer de que Fernando Vallejo es una maravilla porque se haya ganado el Rómulo Gallegos... Ese carajo escribe monólogos de Seinfeld para maricos y ya. Eso sí: el Rómulo le subió hasta las nubes las acciones de su bolsa.

En fin, Javier, a seguir echándole bolas, a seguir escribiendo, a seguir haciéndole creer a la suegra que uno es un vago...

Un gran abrazo y duro contra los malos.

R.E.

Ophir Alviárez dijo...

Válida la propuesta, interesante el punto de vista de Roberto, siempre tan real. Dan -ambos- mucha leña que quemar y eso en estos días, se agradece.

Un saludo de aprendiz

Ophir

Javier Miranda-Luque dijo...

Roberto: lo mío es una cruzada contra el ¿purismo? o la gilipollez de Salinger. Concuerdo contigo en que, como en el Metro, hay de todo en las antologías y en los premios. Pero uno sigue leyendo, escribiendo, bloggeando e intentando publicar.

Ophir: gracias por tu visita y comentario. Ya echaremos más leña a las fogatas.

Ciberabrazo, JML.

Daniel Soto dijo...

No sé, no sé. Me gustaría saber cómo serìa la actitud de Roberto Echeto si el hubiese formado parte de los autores publicados en De la Urbe para el Orbe. No sè. ¿Lo que es bueno para la pavo es bueno para la pava, o viscerversa?