BLOG-TRAILER

miércoles, 26 de abril de 2017

Museos invisibles

(Gustave Courbet, "El estudio del pintor" -detalle- 1855)


   “El arte es un violador que te envicia”
(Edgar Degas)

“No debería permitirse hablar de la belleza”
(Amélie Nothomb)

Tu coño es mi cruz– le dijo Jesús a María Magdalena. Y ese fue su cáliz. Cálido. Rojo pálido de pliegues sucesivos. Laberinto presidido, en su norte crucial, por ese facsímil fálico, fabulador famélico, envi(o)dioso freudiano del falo, que es el clítoris.

Una vágina (sic) es una página en blanco para escribir
–debería haber escrito Henriquito Miller en cualquiera de sus trópicos, pero no lo hizo ni siquiera bajo la frágil inspiración de su febril musa Anaís Nin– o una pagína es una vagína etcétera, etcétera, lo mismo da. Y el pene es pluma, empuñadura, máquina. Ahora la informática viene a joder la frondosa dialéctica de la genitalidad (o a actualizarla, enriquecerla, tecnologizarla, cabrón, me espeta por messenger algún billg@tes omnímodo que me espía desde las entrañas del monstruo cibermartiano donde tecleo, redacto, escribo y salvaguardo cada putito byte que se me ocurre). ¿El teclado sería masculino o femenino, el mouse andrógino, el disco duro uretral o uterino, el documento en blanco asomado a la pantalla del monitor resultaría una eyaculación urgente de luminosidad que encara nuestros rostros con abyección premeditada?

Para el pintor el lienzo es la zona femenina donde himenear mediante el pincel. Aunque hay quien prefiera la digitalización directa de sus dedos, cual lector braile de texturas susceptibles sólo a la decodificación dactilar. Y debemos admitir uno que otro glande goloso goteando óleo, rotulado bajo la especificidad de obscenidad pictórica perteneciente al más íntimo y deleznable anecdotario de autor.

Adoro a Durero por su “Adán” y ”Eva” tamaño natural enmarcados en cuadros diferentes, uno para cada cual y no en promiscuo concubinato. Los dos ostentan una elegancia casual muy adelantada a su época (la del pintor y la de sus figurados). Similares características registra la obra homónima de Lucas Cranach, atesorada en Florencia. Aunque la pareja del primero resulte menos aristocrática en sus rasgos, el rostro de uno y otro varón sugiere tendencias hippies, de mayo francés infrecuente en el paraíso. La voluptuosidad de Eva Durero es desestimada por la desfachatez de la hembra cranachiana, quien no se esfuerza en cubrir su zona  pélvica. El Adán dureniano exhibe una sombra de vello púbico. El segundo prohombre oculta su virilidad tras una ostentosa hoja de cannabis sativa. En un mismo gran formato, Tiziano elige el castigo en su despliegue temático, con una mujer rubicunda que acepta el fruto vedado y un macho que intuye “La caída del hombre”. Erecciones, que se dicen, perdidas. El pudor del artista se expresa en la vegetación estratégica que se atraviesa frente a los genitales.

El intenso Delacroix puebla sus trazos de mujeres. Dibuja cuerpos en tres modalidades: desnudos, sufrientes o inertes. Padece una estética violenta. El erotismo en “Sardanápalo” te atrapa y golpea acariciándote. Reincides en la contemplación ajustándola a tus apetencias. Es un suplicio exquisito. Flagelación femenina. Mañas que Eugenio se permitía.

En ejercicio de hipocondría irrepetible, Pierre Bonnard alcanzó sus ochenta años –eternizándose desde la mitad de un siglo al siguiente– al somatizar desnudos luminosos que, casi nunca, se visten de claroscuro.

Monet –jardinero apasionado– se obliga a demorarse en tu ombligo, deseoso de delirar ante el nenúfar de tu entrepierna.

Al virtuosismo gélido de los desnudos “de pie” y “tumbados” de Modigliani, opongo el arrebato hedonista de Corinth que recorre a su mujer acostada en un lecho de espasmos.

El surrealista Delvaux revaloriza mi fetichismo púbico con sus venus que transitan su desnudez impertérrita por estaciones de tren, instituciones y vías públicas.

Pre-Boteriano y por ello divertido resulta el “Desnudo con los brazos en alto” de Camille Bombois, mientras que el nipón Foujita retrata el burdel parisino, carcajeándose de la fauna prostibularia que obviamente frecuenta.

Dulce campo nudista el del fauvismo asumido por Jean Puy, ávido por sacudir la carne y el pensamiento a la vez. De luces más áridas, jugando a un sutil fuera de foco entre planos, su correligionario Marquet nos conduce de los senos asimétricos al pubis encubierto. Porno y gráfico el “Desnudo rubio” de Marcel Gromaire, explícito en la voluptuosidad y turgencia de su modelo ojalá fidedigna.

Perversamente inquietante la “Manolita” de genitalidad risueña que imprime Jules Pascin, autor de trazos versátiles entre París, Viena y Berlín, quien –en definitivo brindis tanatorio– decide suicidarse segundos antes de su vernisage.

Pálida belleza la de su “Bañista en el bosque”, al danés Pissarro no se le metió en los ojos el paisaje del trópico en el par de años que vivió en Caracas acompañando a su colega Fritz Melbye. Exhuberancia insuficiente, Gauguin es otra historia.

Obsesionado por la intimidad suprema del baño, Edgar Degas delira por la belleza en privado. Aborda el momento de la desnudez y la extrema en contorsiones minimalistas. El roce cálido de la toalla, el peine armonizando el cabello, la mujer complacida con su cuerpo. Retrata la comodidad elevada a la máxima potencia estética. Voyeur singular, Degas es el espejo de la sensualidad domiciliada. Bohemio, coreografía pinceladas para instantanear a la bailarina en el escenario.

Los pubis rubios y pelirrojos de Klimt son un yugo para mis ojos. Dentro de su cosmogonía bíblica, “Adán y Eva” habitan actitudinalmente el edén y “Salomé” se extravía en el pecado de la lujuria. Pezones rubicundos y culos soberbios animan el acuario de sus “Peces de oro” que estrenan la vigésima centuria.

Desde “El taller del pintor”, Gustave Courbet alcanza la más descarnada autenticidad del desnudo, dotando al cuerpo de majestad cotidiana. Son seres, desataviados, respirando vitalidad. Su “Pereza y lujuria” prologa “Las dos amigas” del putañero Lautrec. Pero la cúspide no puede ser otra que “El origen del mundo”: dadivosa entrepierna femenina alhajada de vello púbico en un primer plano radiante, rabiosamente invitacional.

(Abro paréntesis para acotar apenas un par de esculturas que me marcan: los breves once centímetros de altura de la Venus de Willendorf emanan una sensualidad paleolítica que trasciende los 23.000 años que nos separan; la Diosa-serpiente de Creta, con sus senos espléndidos al aire y sendas serpientes en ambas manos, invoca el deseo en su carácter de muñequita de terracota tangible, acariciable, totémico).

Me pregunto, sin ánimo machista, si no existen mujeres pintoras, genuinas grandes pintoras, y me refiero a Goyas o Velásquez femeninas. Porque no logro diferenciar si Frida Kahlo, por ejemplo, fue una virtuosa churrigueresca o un personaje de sus pinturas, autoinmolada en sus coloraturas indelebles. “Ambas” sería una respuesta inadmisible.

El abstraccionismo geométrico de Piera Dallanimo incrusta orificios que, en verdad, agujerean la tela (y las paredes galerísticas) para que ignotas serpientes habiten “S” túnel provisorio devenido en pieza de arte.

Las obras de Mharía Volcán (pseudónimo propiciatorio) arrojan lava multicolor sobre el espectador que se acerca en demasía a sus grandes formatos. Sus “Ca(n)dencias” sólo son expuestas en verano, a altas temperaturas que preservan sus lienzos sudorosos.

Los pinceles de Drazhnav Gôtzwelank están elaborados, por ella misma, con el vello de sus amantes. Geografías humanas que delatan sus tropelías poliétnicas a ritmo de un new age surcado de tensiones placenteras. Membranas que se suceden en sus pinturas orgánicas, donde mezcla –alquimista lasciva– pigmentos con donaciones seminales. Minúsculo desastre ecológico susceptible de ser apreciado a través del microscopio. Asómense y vean multitud de espermatozoides varados en non sanctos óleos. Extremaunción polícroma. Amoroso alarde estético. Práctica abortiva masculina por ardor a las bellas artes.

Desahuciada por los exégetas del arte, Arna Trajkovich colorea su cuerpo, pero por dentro. Sus performances mudos, salvo por las exhalaciones sibilantes del aerógrafo que invade sus orificios, se titulan siempre con el prefijo “in”. “Inside” en inglés. “Insidiosa” in spanish, aunque también “indeleble”, “invicta”, “interna”, “invisible”. Ella es el museo portátil que viaja por el mundo “intoxicándose” de politraumacromatismos, en perfecto uso de su vana –no vaticana– infalibilidad onírica plenipotenciaria.

domingo, 10 de enero de 2016

Estación Espanto y Brinco (relato infantil de 1997)





En todas las ciudades del mundo, después de la medianoche, los trenes subterráneos, Subway o Metro, como se les conoce internacionalmente,  se convierten en un territorio divertidísimo de fantasmas, zombies, vampiros, duendes, brujas, diablos, monstruos, espectros y tantas otras criaturas fantásticas que tú ni siquiera podrías imaginar ni en las peores pesadillas de indigestión o noches de tormenta con rayos, truenos y centellas...
Las estaciones cambian no sólo de aspecto, sino de nombre. Estación Pánico. Estación Horrorosa-Horrorosa. Estación de la Quinta Paila del Infierno. Estación Laberinto. Estación Tumba sin Tapa. Estación Precipicio. Estación Hueco Negro. Estación Noche Oscura. Estación de los Muertos Sonrientes. Estación del Peligro. Estación del Alarido que Hiela la Sangre. Estación de los Atropella-2. Estación Muerte Lenta. Estación de los Bailarines sin Cabeza. Estación Esqueleto (que no vayan a confundir con la Estación Calavera ni con la Estación del Muerto que Salió a Pasear a su Perro Tuerto). Estación Espanto y Brinco. Estación Cero Dientes. Estación del Asco Asqueroso. Estación del Loco con los Ojos Afuera. Estación Pozo sin Fondo. Estación Tempestad. Estación para Salir Corriendo. Estación Huele a Quemado. Estación Pezuña y Sucio y Podrido. Estación del Susto. Estación del Tren que No Frena. Estación Gusanos, Serpientes y Culebras. Estación del Lobo con Hambre que nunca se Acaba. Estación Insectos Rastreros, Voladores y otras Alimañas. Estación del Miedo que va por Dentro. Estación el Sapo Come Moscas. Estación Cucaracha con Pelos. Estación El Bachaco Frito y, la peor de todas, la Estación del Terror, de donde nunca, nadie, ha vuelto.

Ah, y esos son sólo los nombres, pero todavía no les he contado nada  del aspecto. Primero, son oscuras, negras, re-negras como el fondo de una cueva oculta en el fondo del mar. Después son frías como si estuviéramos metidos dentro de un cubito de hielo en el interior del congelador. ¿Se imaginan?  Aunque, eso sí, son tremendamente entretenidas, ya que cada noche se celebra una fiesta distinta. Ayer fue la de los Hombres-Lobos. Hoy es la de los Vampiros y mañana será la de los Muertos sin Cabeza. Y las fiestas no son nunca en la misma Estación. Si no sabes la dirección, simplemente estás perdido.

Los Vampiros eligieron la Estación del Alarido que Hiela la Sangre. Decoraron todo el lugar con murciélagos fosforescentes y, para que los invitados como tú no tengan problemas, reparten lentes infrarrojos para ver en la más absoluta oscuridad. Los pasapalos son tequeños de sangre coagulada y las bebidas son leucocitos en las rocas o merengada de glóbulos rojos con plasma sanguíneo. ¡Debo decir que el Conde Drácula no ha envejecido ni un solo año y que Nosferatu tiene muy buen color...pálido!

Las fiestas más recordadas son las de la Familia Frankenstein. Siempre en la Estación Precipicio (la tienen reservada hasta que el infierno se congele). Usan relámpagos para iluminar y lo malo es que les llueve toda la noche, de principio a fin, aunque obsequian paraguas negros a los invitados para que no se les mojen sus vestimentas oscuras. La comida es muy variada, incluyendo alacranes y escorpiones rebozados, cangrejos de pantano rellenos de hormigas rojas y los deliciosos jugos de alimañas. La novia de Frank Stein es una excelente anfitriona, con su cabeza sujeta al cuello por dos tornillos, pendiente de que sus invitados se mueran del miedo y de la risa.

Las Momias hacen los mejores bailes. De hecho, durante cinco largas horas, desde las doce de la noche y hasta las cinco en punto de la madrugada, transforman la Estación del Tren que No Frena en la mejor discoteca de ultratumba. Con música que retumba en las paredes y pone a mover el esqueleto de quienes llevan más años muertos. Más de una momia ha perdido todas sus vendas, quedándose desnuda en plena pista de baile y teniendo que salir corriendo, rojita de la vergüenza.

La que no pueden perderse es la Fiesta de los Dragones, echando fuego por la boca, con cuidado de no quemar a nadie. Nunca tiene lugar en la misma Estación. A ellos les gusta variar y este año es en Huele a Quemado. Los invitados, por si acaso, reciben un extintor de incendios y un casco de bomberos al ingresar a la Estación. Aquí, desde luego, toda la comida es china y bastante tostada para mi gusto, pero no me quejo ya que siempre me divierto, aunque llego acalorado a la casa.

Ahora, la rumba más sonada del año es la de los Duendes del Centro de la Tierra. Aquí no hay monstruo que falte. La Estación del Laberinto se llena de velas y la emoción consiste en encontrar la salida (las malas lenguas dicen que hay invitados que llevan siglos perdidos, dando vueltas y más vueltas, cansados de comer pasteles de lodo reseco y beber saliva tibia de lagartija o sudor de piedras). El Grupo de los Topos Albinos Ciegos se encarga de la música y las avispas zumbadoras tararean sus melodías enloquecedoras y repetitivas, haciendo que las criaturas de orejas más grandes, como los chimphirintripintricpobnex o los tetrakaamigopapankrazhios se golpeen contra las paredes, tratando de dejar de escuchar los bzzzzzzz, bzzzzzzz, bzzzzzzz, bzzzzzzz.

Y para finalizar este cuento les tengo un chisme buenísimo: en la fiesta de ayer de los Hombres-Lobos, y es que había luna llena, Caperucita fue atacada por uno de ellos, quien le mordió una pierna. La niña de la capa roja se fue bravísima, indignada porque su abuela se quiso quedar en la fiesta, bailando con el fantasma del Pirata Pata Coja, un viejo barbudo que gira sobre su pierna de palo a una velocidad increíble. Estos son los bonches más bulliciosos, ya que los lobos aúllan como locos mientras cantan, danzan y celebran.

Un último consejo: ¡cuidadito con demorarte y quedarte atrapado, después de la medianoche, en cualquier estación del Metro!