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sábado, 1 de julio de 2017

Luna Lorena

Lorena está estrenando el regalo que más le gustó de todos los que recibió ayer, cuando cumplió 6 años. Un enorme telescopio con el que ella se entretiene, antes de dormirse, observando la luna, vistiendo su pijama estampado con naves espaciales.

Así, Lorena se duerme feliz y rapidito, soñando que visita la Luna en un paseo muy largo, acompañada por dos de sus mejores amigas: Raquel y Caterina, quienes se esfuerzan para no caerse del gran cometa que avanza a velocidad vertiginosa por el universo.

Total, que se encuentran ahora en medio de una lluvia de meteoritos, que son unas piedras de formas diferentes que viajan rápidamente chocando con lo que sea que encuentren a su paso. El cometa, entonces, frena tan de improviso que ninguna tiene oportunidad de sujetarse a nada y salen disparadas. Son las balas de un cañón de circo que explota en un coro de voces infantiles, rompiendo el silencio infinito del firmamento.

Por suerte para ellas, por allí pasea, en ese preciso instante, una estrella fugaz, que las rescata en su caída y las acerca a la “Luna Lorena, cascabelera”, cantan las 3 niñas astronautas. Rebotando en trampolines imaginarios, alunizan dentro de un cráter oscuro del que salen corriendo. Pero el clima lunar las congela en forma de muñecas de nieve temblando por el frío.

Así que vuelven al abrigo del cráter que Raquel alumbra con su linterna. Y el cráter, adentro, es una cueva blanquísima, como de nieve, pero no. Porque la luna está hecha de sabroso queso crema y las niñas comienzan a comer paredes enteras de este postre blanco tan blando y tan rico. “Lo único que nos hace falta es pan o galletas”, dice Caterina sin dejar de masticar.

—Si seguimos comiendo así se nos va a caer el techo encima –se alarma Lorena.

Muy pronto el cansancio de tantas emociones las vence y se quedan dormidas, arrulladas por sus propios ronquidos que resuenan dentro del cráter, sentadas y apoyándose una sobre la otra. Sin saber cuánto tiempo después, las 3 amigas, al mismo tiempo, despiertan y observan allí mismo, de pie junto a ellas, un montón de extraterrestres color fucsia, cada uno con 7 ojos, 5 bocas y 3 antenitas en lo alto de sus cabezas.

Un solo, único y mismo grito sale con fuerza del trío de bocas abiertas de las niñas terrícolas. Los “lunáticos”, verdes del susto, desaparecen. Al mismo tiempo que se desploma el techo del cráter.

—¡Corran, salgamos de aquí! –reacciona Raquel, empujando a sus amigas.

Pero el piso baila bajo sus pies y resulta muy difícil caminar o correr e incluso gatear, escapar, y no hay ningún cartel donde se lea “SALIDA”… Ahora mismo, Lorena, ojos abiertos de par en par en su cama, despierta por el sonido aterrador de la alarma del reloj, se sorprende sosteniendo un enorme trozo de queso crema fresquísimo en su mano derecha.



miércoles, 26 de abril de 2017

Museos invisibles

(Gustave Courbet, "El estudio del pintor" -detalle- 1855)


   “El arte es un violador que te envicia”
(Edgar Degas)

“No debería permitirse hablar de la belleza”
(Amélie Nothomb)

Tu coño es mi cruz– le dijo Jesús a María Magdalena. Y ese fue su cáliz. Cálido. Rojo pálido de pliegues sucesivos. Laberinto presidido, en su norte crucial, por ese facsímil fálico, fabulador famélico, envi(o)dioso freudiano del falo, que es el clítoris.

Una vágina (sic) es una página en blanco para escribir
–debería haber escrito Henriquito Miller en cualquiera de sus trópicos, pero no lo hizo ni siquiera bajo la frágil inspiración de su febril musa Anaís Nin– o una pagína es una vagína etcétera, etcétera, lo mismo da. Y el pene es pluma, empuñadura, máquina. Ahora la informática viene a joder la frondosa dialéctica de la genitalidad (o a actualizarla, enriquecerla, tecnologizarla, cabrón, me espeta por messenger algún billg@tes omnímodo que me espía desde las entrañas del monstruo cibermartiano donde tecleo, redacto, escribo y salvaguardo cada putito byte que se me ocurre). ¿El teclado sería masculino o femenino, el mouse andrógino, el disco duro uretral o uterino, el documento en blanco asomado a la pantalla del monitor resultaría una eyaculación urgente de luminosidad que encara nuestros rostros con abyección premeditada?

Para el pintor el lienzo es la zona femenina donde himenear mediante el pincel. Aunque hay quien prefiera la digitalización directa de sus dedos, cual lector braile de texturas susceptibles sólo a la decodificación dactilar. Y debemos admitir uno que otro glande goloso goteando óleo, rotulado bajo la especificidad de obscenidad pictórica perteneciente al más íntimo y deleznable anecdotario de autor.

Adoro a Durero por su “Adán” y ”Eva” tamaño natural enmarcados en cuadros diferentes, uno para cada cual y no en promiscuo concubinato. Los dos ostentan una elegancia casual muy adelantada a su época (la del pintor y la de sus figurados). Similares características registra la obra homónima de Lucas Cranach, atesorada en Florencia. Aunque la pareja del primero resulte menos aristocrática en sus rasgos, el rostro de uno y otro varón sugiere tendencias hippies, de mayo francés infrecuente en el paraíso. La voluptuosidad de Eva Durero es desestimada por la desfachatez de la hembra cranachiana, quien no se esfuerza en cubrir su zona  pélvica. El Adán dureniano exhibe una sombra de vello púbico. El segundo prohombre oculta su virilidad tras una ostentosa hoja de cannabis sativa. En un mismo gran formato, Tiziano elige el castigo en su despliegue temático, con una mujer rubicunda que acepta el fruto vedado y un macho que intuye “La caída del hombre”. Erecciones, que se dicen, perdidas. El pudor del artista se expresa en la vegetación estratégica que se atraviesa frente a los genitales.

El intenso Delacroix puebla sus trazos de mujeres. Dibuja cuerpos en tres modalidades: desnudos, sufrientes o inertes. Padece una estética violenta. El erotismo en “Sardanápalo” te atrapa y golpea acariciándote. Reincides en la contemplación ajustándola a tus apetencias. Es un suplicio exquisito. Flagelación femenina. Mañas que Eugenio se permitía.

En ejercicio de hipocondría irrepetible, Pierre Bonnard alcanzó sus ochenta años –eternizándose desde la mitad de un siglo al siguiente– al somatizar desnudos luminosos que, casi nunca, se visten de claroscuro.

Monet –jardinero apasionado– se obliga a demorarse en tu ombligo, deseoso de delirar ante el nenúfar de tu entrepierna.

Al virtuosismo gélido de los desnudos “de pie” y “tumbados” de Modigliani, opongo el arrebato hedonista de Corinth que recorre a su mujer acostada en un lecho de espasmos.

El surrealista Delvaux revaloriza mi fetichismo púbico con sus venus que transitan su desnudez impertérrita por estaciones de tren, instituciones y vías públicas.

Pre-Boteriano y por ello divertido resulta el “Desnudo con los brazos en alto” de Camille Bombois, mientras que el nipón Foujita retrata el burdel parisino, carcajeándose de la fauna prostibularia que obviamente frecuenta.

Dulce campo nudista el del fauvismo asumido por Jean Puy, ávido por sacudir la carne y el pensamiento a la vez. De luces más áridas, jugando a un sutil fuera de foco entre planos, su correligionario Marquet nos conduce de los senos asimétricos al pubis encubierto. Porno y gráfico el “Desnudo rubio” de Marcel Gromaire, explícito en la voluptuosidad y turgencia de su modelo ojalá fidedigna.

Perversamente inquietante la “Manolita” de genitalidad risueña que imprime Jules Pascin, autor de trazos versátiles entre París, Viena y Berlín, quien –en definitivo brindis tanatorio– decide suicidarse segundos antes de su vernisage.

Pálida belleza la de su “Bañista en el bosque”, al danés Pissarro no se le metió en los ojos el paisaje del trópico en el par de años que vivió en Caracas acompañando a su colega Fritz Melbye. Exhuberancia insuficiente, Gauguin es otra historia.

Obsesionado por la intimidad suprema del baño, Edgar Degas delira por la belleza en privado. Aborda el momento de la desnudez y la extrema en contorsiones minimalistas. El roce cálido de la toalla, el peine armonizando el cabello, la mujer complacida con su cuerpo. Retrata la comodidad elevada a la máxima potencia estética. Voyeur singular, Degas es el espejo de la sensualidad domiciliada. Bohemio, coreografía pinceladas para instantanear a la bailarina en el escenario.

Los pubis rubios y pelirrojos de Klimt son un yugo para mis ojos. Dentro de su cosmogonía bíblica, “Adán y Eva” habitan actitudinalmente el edén y “Salomé” se extravía en el pecado de la lujuria. Pezones rubicundos y culos soberbios animan el acuario de sus “Peces de oro” que estrenan la vigésima centuria.

Desde “El taller del pintor”, Gustave Courbet alcanza la más descarnada autenticidad del desnudo, dotando al cuerpo de majestad cotidiana. Son seres, desataviados, respirando vitalidad. Su “Pereza y lujuria” prologa “Las dos amigas” del putañero Lautrec. Pero la cúspide no puede ser otra que “El origen del mundo”: dadivosa entrepierna femenina alhajada de vello púbico en un primer plano radiante, rabiosamente invitacional.

(Abro paréntesis para acotar apenas un par de esculturas que me marcan: los breves once centímetros de altura de la Venus de Willendorf emanan una sensualidad paleolítica que trasciende los 23.000 años que nos separan; la Diosa-serpiente de Creta, con sus senos espléndidos al aire y sendas serpientes en ambas manos, invoca el deseo en su carácter de muñequita de terracota tangible, acariciable, totémico).

Me pregunto, sin ánimo machista, si no existen mujeres pintoras, genuinas grandes pintoras, y me refiero a Goyas o Velásquez femeninas. Porque no logro diferenciar si Frida Kahlo, por ejemplo, fue una virtuosa churrigueresca o un personaje de sus pinturas, autoinmolada en sus coloraturas indelebles. “Ambas” sería una respuesta inadmisible.

El abstraccionismo geométrico de Piera Dallanimo incrusta orificios que, en verdad, agujerean la tela (y las paredes galerísticas) para que ignotas serpientes habiten “S” túnel provisorio devenido en pieza de arte.

Las obras de Mharía Volcán (pseudónimo propiciatorio) arrojan lava multicolor sobre el espectador que se acerca en demasía a sus grandes formatos. Sus “Ca(n)dencias” sólo son expuestas en verano, a altas temperaturas que preservan sus lienzos sudorosos.

Los pinceles de Drazhnav Gôtzwelank están elaborados, por ella misma, con el vello de sus amantes. Geografías humanas que delatan sus tropelías poliétnicas a ritmo de un new age surcado de tensiones placenteras. Membranas que se suceden en sus pinturas orgánicas, donde mezcla –alquimista lasciva– pigmentos con donaciones seminales. Minúsculo desastre ecológico susceptible de ser apreciado a través del microscopio. Asómense y vean multitud de espermatozoides varados en non sanctos óleos. Extremaunción polícroma. Amoroso alarde estético. Práctica abortiva masculina por ardor a las bellas artes.

Desahuciada por los exégetas del arte, Arna Trajkovich colorea su cuerpo, pero por dentro. Sus performances mudos, salvo por las exhalaciones sibilantes del aerógrafo que invade sus orificios, se titulan siempre con el prefijo “in”. “Inside” en inglés. “Insidiosa” in spanish, aunque también “indeleble”, “invicta”, “interna”, “invisible”. Ella es el museo portátil que viaja por el mundo “intoxicándose” de politraumacromatismos, en perfecto uso de su vana –no vaticana– infalibilidad onírica plenipotenciaria.