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lunes, 21 de agosto de 2006

Marketing ¿literario? de la cuarentona Editorial Planeta, capítulo Venezuela

Este sábado 19 me compré un par de libros, casualmente novelas escritas por autores argentinos nacidos en 1963 y, también circunstancialmente, editadas ambas por filiales del grupo Planeta. Hasta aquí todo marcha de maravilla, salvo que los libros ya no ostentan su precio y el lector/consumidor debe inquirirlo a libreros no profesionales (ni vocacionales; son empleados de sueldo mínimo haciendo malabares para sobrevivir), o buscar el dichoso “escáner” de código de barras que, con su zumbido electrónico, escupirá en pantalla el monto a pagar.

Me convenzo a mí mismo de la imprescindibilidad de tales lecturas y paso por caja a cancelar en efectivo, cash contante y sonante que no deja huellas. Grata sorpresa cuando me entregan, además de la factura correspondiente y mis libros embolsados, un par de “cupones”que me otorgan, en retribución a mi adquisición literaria, el derecho a participar en la rifa de (cito textualmente las “pestañas” numeradas 048823 y 048824 que conservo en mi poder): “8 viajes con un acompañante para Los Roques, Isla de Margarita, Mérida y La Gran Sabana. 3 días, 2 noches (con todos los gastos incluidos). Sorteo: 17 de octubre de 2006 a las 3:00 pm) en la sede principal de Editorial Planeta Venezuela)”.

Y digo yo (naif que soy, publicista que soy, lector que soy, escritor que soy): ¿no hay formas mejores de celebrar estos 40 años de la casa editora en Venezuela que mandándonos de viaje fugaz por la geografía vernácula? El conflicto aquí, como en todo, reside no en quién propuso la idea, sino en quién la aprobó...”Decisiones, tra-la-lá”, resuena en mis oídos Rubén Blades el cantante, no el excandidato político.

Imitando (inflingiendo, plagiando, para que les duela) un juego de rol mercadotécnico, yo –casa editorial– pretendo vender más libros y, por ende, promover (estimular, maximizar, optimizar, potenciar) el hábito lector entre los individuos de mi minúsculo mercado, ya que, simplemente, vivo de esto: de vender libros para que la gente los lea o rellene estantes por metro lineal.

Así que mi celebración de mis cuarenta años consistiría, entonces, en premiar (reforzar positivamente Skinner dixit) la conducta de adquisición de libros por parte del mercado lector (consumidor de libros editados por mí), rifando 40 “combos” de premios de Bs. 400.000 cada uno canjeables por libros perteneciente al amplio stock de Editorial Planeta Venezuela (o, desplegando el refrescante abanico de las posibilidades, sortear 40 “paquetes” de 40 libros de bolsillo), ¿no?, en lugar de usurpar las funciones de una agencia de viajes (a menos que exista una subramificación de negocios que yo ignore olímpicamente). Me pago y me doy el vuelto: te premio con mi propia mercancía, la promuevo, consolido lectores y genero fidelidad de marca, al igual que Fidel ostentando el logo Adidas.

Yo, naif, aplaudiría cándidamente la idea (acariciando tiernamente el concepto perverso de que “mientras más libros compre, más cupones acumulo y más chances tengo de que la diosa fortuna o el dios azar se fijen, dadivosamente, en mí).

Yo, publicista, les facturaría con justiprecio mi idea y respetaría el buen criterio de la aprobación gerencial respectiva.

Yo, lector, apreciaría enormemente la posibilidad de hacerme de un generoso lote de libros para mi biblioteca.

Yo, escritor, me quitaría el sombrero ante una casa editorial que honra sus funciones de promover la lectura mediante el sano ejercicio de la gestión comercial que le es inherente.

Yo, competencia, cogería ejemplo. Las mercancías culturales se gerencian y, más aún, si son trasnacionales con soberbias webpages:
www.editorialplaneta.com y www.editorialplaneta.com.ve donde invitan a contactarlos, cosa que haré inmediatamente a la publicación de este post, remitiéndoselo, of course, a la casa matriz y a la sede creole, vamos, sin discriminar.

Otra cosa, a quien le incumba específicamente: deroguen esa fea costumbre de colocarles “preservativos” (léase condones) de celofán estridente a los libros, impidiéndonos hojearlos. Ya que el 98,72% de los empleados de las librerías no tienen la más puta idea de títulos y autores (ni siquiera consultando la base de datos de la computadora, cuando la hay y no es, sencillamente, una caja registradora que cuantifica ingresos), los lectores penitentes que protagonizamos extemporáneos vía crucis por las librerías nos vemos obligados a “ojear” (sic) con nuestras pupilas los libros, escudriñándolos obscenamente entre la desnudez de sus páginas impregnadas con el vello púbico de las letras impresas en ellas y sin técnica depilatoria que valga (las letras arrancadas siempre vuelven a salir con sus cañones más empecinados que antes).

Fetiches tipográficos aparte, el par de libros de bolsillo que me obsequié son: “El calígrafo de Voltaire” y “El secreto de los flamencos”. Autores vivitos y coleando (en cola para cobrar sus royalties): Pablo de Santis y Federico Andahazi.

Ah, cuidado con las sobre-promesas publicitarias (traducción a lo bestia del término anglo “over promessing”, que dicen los gringos, padres putativos de estas disciplinas de “trade”): el domingo antepasado, con derroche de centimetraje, Editorial Planeta Venezuela vocifera desde las páginas de alguno de los periódicos en formato estándar de circulación nacional (mis perros prefieren el papel de “El Universal”, dada su mayor absorción y reacción cromática de la tinta a la orina) que los títulos de Booket, esa deliciosa colección confortable al bolsillo, no sobrepasarán los diez mil bolívares por ejemplar. Quiero que sepan que, a lo largo de media docena de librerías ubicadas estratégicamente en malls del este caraqueño, no existe disponibilidad (ni conocimiento) de tal promoción cuarentona. De modo que yo me quedé vestido (con marcas outlet) y alborotado, con las ganas intactas de comprarme media librería a cuestas, hipotecándome hasta el alma de hipopótamo inflado con las pretensiones de leer a precios de saldo, liquidación, “sale”, rebajas, descuentos, o-fer-tas trisílabas.

¡ De nada, pues !

Berrinches de lector con derechos que me creo yo.

11 comentarios:

Javier Miranda-Luque dijo...

Copio y pego aquí el mensaje que envié a Planeta de Venezuela, pero no a través de su propia página web (www.editorial planeta.com.ve, pues un "error del servidor" imposibilitó el delivery), sino a través de la webpage internacional (www.editorialplaneta.com), usando el vínculo de Grupo Planeta y el "contáctenos" de "Asuntos Internacionales", identificándome plenamente con mi correo electrónico respectivo.

Señores Editorial Planeta Venezuela: estoy seguro de que les resultará interesante leer este post recién publicado en mi blog referente a sus 40 años en nuestro país. Este es el vínculo para acceder: http://javiermirandaluque.blogspot.com/2006/08/marketing-literario-de-la-cuarentona.html

Héctor Torres dijo...

Absolutamente de aceurdo contigo, Javier. De hecho, por odioso que resulte, por aguafiestas más bien, es necesario que estas cosas se digan y se discutan. Venezuela nunca ha sido un país caracterizado por su fervor a la lectura. Sabemos que usos (de album fotográfico o galería de ridículos adornos) da la clase media venezolana a las lujosas bibliotecas que adquieren. Y esta promoción sólo ayuda a reforzar ese crónico desdén por el placer de la lectura. Alguien tiene que decirlo y alguien, el inventor de la idea, el que la aprobó, tiene que recibir esta razonable queja de lector-escritor. Saludos.

Rafael Osío Cabrices dijo...

Es desolador ver cómo el desinterés por los libros nace en quienes los hacen. En la poca fe de muchos escritores, en el increíble desdén de muchas editoriales que uno supone que querrían ganar más consumidores para su mercancía. Está claro el drama del personal en la mayoría de las librerías, pero el del personal en las editoriales se comenta menos y es, tal vez, más pernicioso para la escasez de nuestro público lector. Yo creo que en Venezuela se lee más de lo que se cree, y sobre todo, que se puede leer mucho más de lo que se lee hoy, quiero decir, que el mercado, que la comunidad lectora puede crecer mucho todavía. Y no se trata sólo de bajarle el precio a los libros, sino de premiar a los lectores con más libros, no con un fin de semana de playa, cerveza y reguetón. Nos toca a nosotros promover lo que se pueda hacer.

Anónimo dijo...

Coño, todo está dicho, qué puedo agregar yo, que además compro los libros usados debajo del puente de la Fuerzas Armadas, donde todo huele a orine...pero muchas veces los libreros de ahí sí están informados de lo que venden!!!!

Saludos.

Jesús Torrealba

elCapo dijo...

Cuánta razón tienes en tu post, Javier, pero digo yo ¿no podremos conservar lo del viaje y además otorgarle al premiado los libros que mencionas?, ¿no vendrían de maravilla tres días de playa para echarnos algunos de esos libros? Bueno ese seré yo que sí escucho reguetón y ya debo estar medio mal de la cabeza.

Otra historia es la de los libreros, yo ruego todos los días que aunque sea por puro compromiso de comerciante se enteren un poquito del negocio que manejan, no les pido vocación ni nada de esas cualidades que hacen tanta falta para ejercer un oficio, sólo les pido -cóño!- el compromiso de saber -aunquesea- deletrear Auster (¿Con erre al final? No, la computadora me dice que no lo tenemos)

Diego Fresan dijo...

los de planeta deberian celebrar sus 40 años contratando a javier miranda como gerente de publicidad y mercadeo
y hacer que el pueblo se regale Libros a la hora de festejar cumpleaños

Javier Miranda-Luque dijo...

A ver, pues, aquí van mis réplicas a los comentarios. Saludo al ciudadano lector que propone el ficcionario Héctor Torres (aunque no son "quejas" –yo que detesto los lamentos quejumbrosos– sino reclamos públicos y notorios). Rafael Osío, estupendo tu blog que no conocía y lapidaria tu sentencia "el desinterés por los libros nace en quienes los hacen". Una vez más tienes razón en que el conflicto reside en las entrañas editoriales más que en las librerías que son el rostro visible de la bestia. Torrealbart: tu "encuadre" siempre me maravilla, visitaré una de estas tardes el bajo vientre del puente de la avenida Fuerzas Armadas, desprovisto de funcionarios castrenses. Capo: no tengo nada contra las birras y el reguetón que mordisquea el ¿pentagrama?. Paisajes y libros no son una mala combinación, aunque yo prefiera leer (y protagonizar mi propio viaje interior) en el confort de mi domesticidad. Fresán: se te salió el publicista. ¿Quieres ser mi agente? Me voy con interrogante: ¿se manifestarán los involucrados de Planeta? Abrazo global, JML.

Enza dijo...

A veces nos ofrecen lo poco que se cree somos capaces de digerir. Porque se comete el error de creer que la mayoría siempre tiene la razón: ¡un viaje, por Dios, eso dice tanto al alma, más que una buena lectura! Todo este asunto editorial me hace recordar cuando me dicen: oye, tú deberías rumbear más y leer menos. Pero no sé, me conformo con que ese vendedor amargado detrás de la caja no me trate mal al preguntar por ese libro que seguramente no tienen.

salvador flejan dijo...

Javier ¿la editorial planeta existe?, un abrazo

Jesús Nieves Montero dijo...

Es un círculo vicioso como el que hasta hace poco había con la selección de fútbol de mayores: la gente no va a verla porque no gana y no gana porque no va a verla...

acá nos cuentan, palabras más, palabras menos, la misma historia: no hay mejores promociones porque no hay más lectores y viceversa...

por allí alfaguara comenzó, aunque de continuidad nada, unos foros que parecían interesantes, de discusión de algunos de sus títulos...

pero siempre too little, too late...

pero, volviendo a planeta, sinceramente, qué se puede esperar de una gente cuya mayor estrategia el año pasado fue dar un 30% en sus títulos, el cual anunciaban en unos carteles horrendos medio escondidos en las principales librerías...

creatividad, creatividad y más creatividad...

sino seguiremos errando...

salud

j.

Jesús Salazar dijo...

Esta no debe ser la vía correcta, pero de intruso me meto en esa pelea de tigres, con el único propósito de que alguien me diga cuál es el correo electrónico de Salvador Fleján. Quiero estar seguro de que se trata del mismo Fleján con quien compartí aulas en la UCV por allá por los años 60.
Gracias