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domingo, 13 de agosto de 2006

Historia personal de la radio

Recién acabo de hojear la edición aniversario de El Nacional y me encuentro con una columna que reseña fugazmente el momentum dichoso que protagonizó Radiodifusora Venezuela en los años ochenta y noventa. Se me dispararon los recuerdos que me involucran y me provoca compartirlos ahora y aquí. A ver cómo lo cuento con la fluidez que exijo a mis lecturas: en pocos años, yo pasé de ser oyente habitual de "Difusora", a locutor y productor independiente del "El ocio es nuestro negocio", primero, y gerente de programación, después, haciéndome vecino de Marisela Bonilla (una de las primeras y legítimas disckjoketas venezolanas que erotizaba el dial); Arturo Camero, profunda voz autorizada de su "Música sin parámetros"; Gian Visconti, con su timbre nasal y su aguerrido rock nacional; la periodista Erika Tucker, compañera de emisiones sabatinas, con su espontaneidad que arrasaba el protocolo hertziano; Guido Pascarelli, cáustico profanador del primer formato radial sobre informática; Armando Garcés y su vanguardia dark; Alfredo Churión, el coleccionista más ambicioso de canciones pop de los años 50, 60 y 70; Jesús Rodríguez, auténtica enciclopedia musical bípeda desde el mayo francés, pasando por Woodstock, Bangladesh y continúa actualizando data en su disco duro. Era la emisora de Ricardo Siblesz, un jefe peculiarísimo al que apenas se le "veía" la voz a través del teléfono unidireccional con línea directa al estudio de transmisión en vivo. Justo allí, manufacturábamos radio en amplitud modulada, sin comprar audiencia mediante concursitos y premiecitos. Tampoco "sacábamos" llamadas de los oyentes al aire. La radio se hacía desde este lado de la pecera, emitiendo ondas hacia afuera, sin canibalizar ni burlar al oyente. No se escuchaban gritos ni fanfarrias. Radio prácticamente sin publicidad, con una cobertura azarosa que potenciaba la señal en el Este capitalino y salpicaba las ondas a paisajes insospechados como Aragua, Falcón y Guárico, dependiendo del clima. Sin ninguna modestia, éramos el dream team de nuestro propio sueño hertziano. En mis programas, acompañado por los punteos de Clapton (“Same old blues”), leía a viva voz un texto de Sam Shepard (no el basquetbolista, sino el esposo de Jessica Lange, guionista de los films de Wenders, actor, escritor y dramaturgo): “Conocí a un guitarrista que decía que la radio era su amiga. Se sentía emparentado no tanto con la música como con la voz de la radio. Su carácter sintético. Su voz, que no había que confundir con las voces que salían de ella. Su voz, la voz, voz de radio. Su capacidad para transmitir la ilusión de personas a grandes distancias. Nuestro guitarrista dormía con la radio. Soñaba con un etéreo país de la radio. Creía que jamás encontraría ese país, de modo que se contentaba con limitarse a escucharlo. Creía... que había sido expulsado del país de la radio y estaba condenado a vagar eternamente por las ondas, buscando una emisora mágica que le devolvería la herencia perdida” (Crónicas de motel, Editorial Anagrama, 1979).

3 comentarios:

Arnaldo De La Rosa dijo...

¡Quien recuerda a Tremens y su tema Soñadora?

Jose Alberto dijo...

Excelente trabajo Javier.

EL ECO DE UNA GENERACION dijo...

http://www.facebook.com/pages/EL-ECO-DE-UNA-GENERACION-El-Rock-como-expresion-de-la-juventud-venezolana/229602543721295